¿Qué es lo que has venido a hacer aquí?

¿Qué es lo que has venido a hacer aquí?
He venido
a besar tus labios con mis ojos,
a dejar en tu cuerpo mis caricias,
a rezar a un dios estupendo y lleno de vida,
a respirar el aliento mismo de la creación,
pero sobre todo,
por siempre y para siempre,
a amarte, hermano mío,
amarte y no dejarte de amar,
nunca más dejarte de amar.
(Francisco J. Francisco Carrera, "Luna de Agosto")

domingo, 27 de noviembre de 2011

ALGO TIENE QUE CAMBIAR

Burt Lancaster en El Gatopardo

Hoy iba a hablar del Tao, que me apetecía mucho…, pero he decido cambiar de tema (o acaso no, que el Tao se manifiesta como le viene en gana).  El Tao tendrá que esperar, que tengo una entrada de mayor actualidad (mira que suena tópico esto). 

El domingo pasado votamos (digo votamos como nación, como seres jugando al rollito este de ser “españoles” o lo que nos haya tocado en suerte oye) y digo votamos porque lo que es yo volví a no votar.  Lo cierto es que apenas seguí lo que pasaba.  No me interesa la política aunque me interesen los sistemas políticos.  En otras palabras, no me interesa hablar o discutir sobre política, pero me resulta fascinante cómo la “política” ha ido rigiendo este mundo nuestro tan bello como caótico (cada vez me siento más “entrópico”).

A lo que iba, el domingo pasado hice poca cosa de provecho, lo reconozco y lo celebro.  Raquel no estaba, así que tuve un día lento y especialmente silencioso, paseé con Kibo, cambié la jaula de Gandalf, puse una lavadora, recogí un poco la casa (al llegar a los baños me dio pereza y ahí los dejé, en su jugo, tan lindos ellos), y leí.  A eso de la hora de comer (no había mucha hambre en mí, comí algo de pan, un yogur y fruta, qué rico todo) me puse la tele y me enganché a una película maravillosa (como maravilloso es el libro en el que se basa), EL GATOPARDO, dirigida por Luchino Visconti.  Y allí estaba Burt Lancaster como el Príncipe Don Fabrizio Salina soltando una de esas líneas que marcan, sobre todo si estás en jornada electoral.  Burt, que es un aristócrata de rancio abolengo, habla con un religioso, este último le quiere hacer entender que si siguen dando privilegios a la nueva burguesía las cosas van cambiar…, el aristócrata le mira a los ojos y le espeta “algo tiene que cambiar para que nada cambie”.

Qué más puedo decir.  Que casi me atraganto con el yogur ante la revelación vespertina.  Ahí está la clave de los sistemas políticos, de unos y de otros.  Y de los cambios de sistemas, claro.

Nunca cambian las cosas importantes porque nos dan “el chocolate del loro” (y a mí siempre me da pena el pobre loro que se queda sin su golosina) que son los cambios no esenciales (pero que a veces se ven bastante, suelen ser “a bulto”).  Y así andamos, obnubilados antes el juego de las formas y olvidando nuestro propio corazón.

Y con esto en mente o en alma, un poema vino a mí y lo quiero compartir con vosotros.  Creo que es claro.  Si  no lo es, el que lo ha oscurecido he sido yo al escribirlo, porque él me vino perfecto y profético, como siempre viene los poemas.

Os adoro, mis queridos, ya lo sabéis.  Un besazo enorme para todos.

ALGO TIENE QUE CAMBIAR
por Francisco José Francisco Carrera

Algo tiene que cambiar
para que todo siga como estaba,
colega,
eso es así,
ha sido así
y si nadie lo remedia
será así por los tiempos
de los tiempos,
y qué tiempos,
joder,
mierda y asco de tiempos
estos,
pero también los otros
y los de más  allá.
No te creas
que antes era mejor,
la mierda suele oler
a mierda
aquí y en el espacio sideral,
y es que es la misma breva,
la misma oscura y sucia pantomima
de la vida que te chupa
hasta la médula
y te deja con cara de absurdo mono
colgando del árbol más triste de la tierra.

Se ha sabido desde siempre,
tío,
que para que cambie por fin
este infierno
tendremos que aprender
a ser el cielo y las estrellas,
y serlo por dentro,
mira lo que te digo,
que todo cambio de lo de afuera
es fuego de artificio,
que sólo desde la raíz
se puede llegar a lo que alimenta
de verdad,
y lo que alimenta de verdad
es la Verdad.

Así que ya sabes,
ellos nos dan algún cambio
y se quedan nuestras almas en prenda,
gentuza de ojos grises y corazones que huelen a orín,
aves de presa que nos esperan sin prisa
pues saben que hemos caído siempre,
y que volveremos a caer…

hasta que estallemos de hermosura
y nos florezca el amor hasta en las orejas
y entonces les miraremos
y les robaremos su reino
(que siempre fue el de todos)
a golpe de beso y de caricia
y ellos caerán deliciosos,
arrobados, gloriosamente
enamorados de sus hermanos,
pues todos nos reconoceremos
por fin,
sin los rostros,
sin las máscaras,
sin todo ese  pimpiringallo
que es parafernalia que oculta
lo único que de verdad importa.
Y al fin no tendrá que cambiar algo
para que todo siga como estaba,
porque todo, y digo bien, todo,
cambiará de repente,
sin transición,
Big Bang jaranero y sin igual,
y volveremos a ser quienes siempre hemos sido
y jugaremos con presteza en este paraíso de silencio
que nunca dejó de iluminarnos con su luz de eternidad.


domingo, 20 de noviembre de 2011

ESTÉS O NO ESTÉS, ÉCHALE UN VISTAZO AL ECLESIASTÉS

Dos de las amigas que siempre me traen suerte,
me las traje de mi  maravilloso viaje a Creta,
donde descubrí a mi propio minotauro una noche de lluvia


La Biblia es un texto que me ha interesado desde siempre, o desde antes de siempre, acaso desde nunca.  Bien es cierto que en  mi etapa más oriental mi fascinación por los textos clásicos del Taoísmo, el Budismo, el Hinduismo y el Zen me alejaron un tanto de otros que yo creía, erróneamente, que los conocía muy bien.  Nunca se conoce del todo la realidad, nunca se conoce del todo a los amigos, a las parejas, a la familia.  Nunca se conoce del todo un libro, un disco, una película…  Y así, al volver estas semanas pasadas a ciertos libros del Antiguo Testamente buscando inspiración para algunos poemas (que no he llegado a escribir porque la Plaza del Mercado me ha requerido de nuevo), me encontré, como por casualidad, ojeando el Eclesiastés.  Lo verdaderamente curioso es que ese mismo día me había topado en tres ocasiones distintas con referencias a dicho libro (una de ellas, la más peregrina, en un programa de televisión).

Tras tantas casualidades, esa noche decidí pegarme un buen chapuzón y cogí mi antigua biblia en español (es que mi favorita y la que más consulto está en inglés, que me la regaló una buena amiga británica, Vera Holmes, que tanto me ayudó durante mi año oxoniense), la que usaba cuando estaba en 6B (you'll have to trust me on this, I did have a childhood, really, and have hairs on my now shiny and notorious bald head).

Y zaca, pedazo de viento huracanado en los ojos, pedazo de texto, la leche, que no tiene desperdicio.  Y así ando ahora, que no dejo de aconsejárselo a todo ser viviente que me encuentro, aunque no sepa leer, como es el caso de nuestro perro Kibo.

No me voy a poner aquí a glosar, que lo mejor es que el que tenga ganas y tiempo y tiempo de ganas o ganas de tiempo, pues eso, que se vaya para el librillo (que es corto) y se lo meriende con gran aprovechamiento por todas las partes implicadas.  Es bonito, es poético, es precioso y preciso, es un regalo de vida y de muerte a la vez.

Yo ahora me quedaría, escuetamente, con estas palabras:

Aleja la tristeza de tu corazón
y aparta de tu carne el sufrimiento(…)

O acaso con estas:

Lanza tu fortuna sobre las aguas, porque mucho tiempo después la volverás a encontrar.

Pues eso, amados míos, que creo que ha llegado la hora de reivindicar en Luna de Agosto algunos textos que me parecen esenciales.  La semana que viene le tocará al Tao Te Ching, sin duda mi libro de cabecera desde que me vi envuelto en la profunda belleza del Taoísmo durante dos meses de descenso en picado a los infiernos más hirientes.  Allí aprendí que el dolor a su manera también cura y que la sombra sólo es el estado anterior a la luz.

Si pudiera ahora os cogería y os achucharía todo lo achuchable, por lindos y porque sí.  Preciosones todos, criaturas hermosísimas, hermanos de mi corazón.

Hasta el domingo que viene (si viene o si venís vosotros o si acaso vengo yo).

PD.  No confundir el Eclesiastés con el Eclesiástico (gracias, Paz, por señalarme este posible motivo de confusión).

domingo, 13 de noviembre de 2011

ORFEO


Últimamente no estoy encontrando demasiado tiempo para mis poemas.  Está bien así.  Cuando hay tiempo para ellos, los escribo (si se dejan), cuando no hay tiempo son ellos a veces los que se me aparecen a los pies de la cama nada más levantarme y justo cuando me dispongo a iniciar el día con mi meditación mañanera.  En estos casos, detengo un poco el mundo, lo dejo en pausa por un ratito y escucho lo que se me tiene que decir. Y el poema nace dulcemente.  Este ha sido el caso del poemilla que quiero compartir con vosotros este precioso domingo de luz y de cielo.

Me encanta desde chiquitín el mito de Orfeo y llevaba algún tiempo queriendo escribir algo sobre ello.  Esto es lo que ha salido.  Espero que os guste.  Un besazo enorme para todos.

ORFEO
por Francisco José Francisco Carrera

Si vas al Norte, acuérdate de Orfeo.
(A. González)

Orfeo, silencioso,
tenía el romo sabor
de las espadas
en sus labios.

Era su cuerpo
un lento atardecer
y su boca
una suerte de tortura.

Descendió, valeroso,
hasta las yermas
y oscuras entrañas
del mundo.

Encontró la luz
donde la tiniebla
reina y la esperanza
no tiene allí cabida.

Pero tuvo miedo,
volvió la vista,
y la sombra devoró
su fantasía.

Quisiera esperar
que en mi descenso
el corazón no tiemble
y encuentre la salida.

No miraré atrás,
amada mía,
te lo prometo,
seré de hielo.

Lo único que
quiero pedirte
es que cuando llegue
tú ya estés lista

y preparada
para darnos prisa
en escaparnos
de la casa de tus padres.

sábado, 5 de noviembre de 2011

ALICIA RECORDADA

Siempre me ha encantado Alicia, desde chiquitín.
¿Uno de mis primeros amores?  Pues sí, la verdad.
Ahora que ando "reiniciando" vida universitaria con mi vuelta a la UVA después de dos años muy poéticos y meditativos (dos años esenciales para mi proceso de formación vital, dos años por los que le estoy profundamente agradecido a Dios - al Universo, al Silencio de las cosas, al Aliento primigenio, llámalo como quieras, aquello que es verdaderamente, como decía el Tao, no puede ser nombrado - y de los que no puedo decir nada negativo), me encuentro archivando la mayoría de mis "materiales" docentes en relación con la literatura inglesa en su rama más filológica.  Ahora inicio periplo por mares didácticos así que todo esto me va a servir de poco (aunque me haya dado tanto y tanto a lo largo de 11 años de frenética docencia e investigación crítico-literaria).

A lo que iba hoy..., resulta que mientras archivaba ejercicios, textos y fotocopias varias, me he encontrado con un poema maravilloso e increíble de Isolina Bellas Galbán.  Os lo muestro para que lo disfrutéis, es tal la bocanada de amor y ternura que desprenden estos versos que no creo que sea necesario añadir nada más:

"Alicia esta vez cayó por el árbol de mis memorias"
por Isolina Bellas Galbán


Todos nosotros hemos estado allí y aunque no desembarcaremos en ellos nunca más, todavía podemos oír el murmullo de las olas al romper sobre arena.
(James Mattew)


En las aguas de mis recuerdos aún navegan
Peter Pan, Wendy,
Alicia,
la atrevida balsa de Tom Sawyer;
Caperucita monta sobre el lomo
del lobo, que cuida esta vez
su preciosa carga mientras nada;
flota el zapatico de Cenicienta;
la Bella Durmiente viene a la deriva
soñando quizá que la bañan
las olas de los sueños;
los enanos cantan y tras ellos Blanca Nieves
para quien yo he quitado de este mar
todas las manzanas;
he ordenado que la Durmiente no despierte nunca
aunque vengan mil príncipes a llevársela;
trataré que Cenicienta no encuentre su zapato;
Caperucita será eterna amiga del lobo;
el intrépido Tom Sawyer buscará para siempre
aventuras fantásticas;
Alicia ya no saldrá más de su país
y Wendy no entrará porque he cerrado la ventana.
Me bastará una última mirada al Nunca-Jamás
para llevarme todas sus esencias.
Peter Pan... por favor,
no me eches de tu isla.

Ay, chicos, qué dulces versos..., y si os quedáis con ganas de más, aquí os dejo un enlace con otro poema maravilloso de la misma autora: LA ESTRELLA NECESARIA

Nada más, besotes enormes y luminosos, por lindos y por precisos.

domingo, 30 de octubre de 2011

INGLATERRA (VISIONS FROM THE NORTH, PART II)

La foto la sacó Raquel tras una partida épica
de Mancala que gané inesperadamente
 en un hotel cercano al Museo Británico.
Nunca he tenido tanta suerte en un juego, oye.
Para todos aquellos alumnos con los que he compartido el idioma inglés, pues siempre fueron mis maestros, en especial para los que tengo este año en la Uned y en la Aulas Europeas.

Yo sé que hubo una época en que fui inglés (y otra, esto lo descubrí el año pasado a través de enseñar historia de Estados Unidos en la Uned, americano), o digamos que lo que en mí habita lo fue, lo que ahora ocupa esta forma calva y saltarina y española de nacimiento (así dan fe mi carné de identidad y mi pasaporte).  Lo tuve claro desde niño.  Lo tuve claro desde que con apenas 8 o 10 años vi aquella película inglesa por la tele de la que ya he hablado en otra entrada para este blog (vid. Inglaterra, visions from the north part I, sábado 16 de enero de 2010).  El niño de entonces se quedó absorto ante aquella escena de un muro azotado por la lluvia y el viento de mi amada Inglaterra del Norte.  Me enamoré, eso está claro, pero lo cierto es que reconocí algo, algo en mí gimió de alegría y dolor al ver aquel muro oscuro y rojizo y que me transmitía un sabor desconocido y familiar a la vez.

A su manera, me prometí aquella tarde de invierno que cuando fuera mayor, pasara lo que pasara, me iría a vivir a Inglaterra por un tiempo.  El destino, tan dadivoso siempre, me trastocó un tanto los planes cuando interpuso entre mi deseo y su consecución una joya preciosa, precisa e inesperada.  Mi primer año fuera de este país (esta tierra accidentada y accidental en la que había nacido pero a la que nunca he acabado de pertenecer) me llevó directo a Dublín.  La bella Irlanda me ha regalado demasiadas cosas como para enumerarlas todas aquí.  Baste decir que Irlanda me regaló la poesía, me hizo poeta sin yo saberlo.  Esto lo iría descubriendo cuando por fin me pude ir a vivir a Oxford dos años después.

Siempre he estado herido de lluvia y de té y de Shakespeare, y por eso cada vez que he pisado suelo británico me he sentido como en casa.  Mi destino no podía estar separado del inglés.  Acabé haciéndome profesor de inglés, no es algo que tuviera premeditado, la verdad, pero todo se desarrolló de forma natural y casi sin transición.  Y claro, me apasiona compartir durante mi tiempo de trabajo mi pasión británica y su profundo amor por la lengua inglesa.  Este ha sido uno de mis mayores privilegios a lo largo de los años.

Llevo ya un par de clases con un grupo nuevo, un fantástico grupo de docentes en activo que han decidido aprender o mejorar su inglés dentro del programa de las Aulas Europeas.  Y me encanta, oye.  Da gusto el sentir ese deseo, ese interés, esa pasión en otras personas por algo que ha marcado mi vida (al menos esta vida corporal que ahora se manifiesta en mí formalmente) y que sin duda la seguirá marcando hasta su extinción (toda extinción es, por otra parte, temporal).  Siempre que enseño inglés tengo la sensación de estar con un grupo de amigos compartiendo un mismo hobby, el tiempo se me pasa volando y hay momentos en que simplemente me  pararía, miraría a los ojos de todos y cada uno de los alumnos y querría darles las gracias por estar allí compartiendo la “plenitud de ese momento”. 

Esta vida que dicen que es real está llena de cosas asimismo reales que nunca conoceremos: labios que nunca besaremos, ciudades que nunca llegaremos a visitar, idiomas que no podremos entender…, y con todo el mero hecho de sentir la respiración llevando la savia misma del universo a través de nuestras arterias, el ver cómo el corazón sigue su ritmo sin esfuerzo a pesar de dolores y problemas o el saber sin comprender que los ojos de los ojos son los que pueden ver más allá de las formas, todo eso hace que nada nos falte, que nada nos robe del absoluto equilibrio del aquí y ahora.

A su manera, mis varios viajes a Inglaterra a lo largo de los años me han nutrido ciertamente en diversos aspectos.  Aprendí un idioma (o lo recordé, como me gusta pensar) y renové mi forma de ver el mundo.  Lo cierto es que he sido un solitario durante todo ese tiempo, paseaba solo, iba a los sitios buscando barro, piedras y recuerdos, esperando encontrar la pieza que me faltaba para completar el puzzle.

Podría hablar y hablar sobre lo que para mí significa el inglés, el enseñar inglés en particular, pero quedan muchas entradas por aparecer en este blog.  Y mis visiones del norte seguirán llegando, no lo dudéis.  En mi alma se entrelazan el guerrero anglosajón y el árabe poeta, pero de alguna extraña manera todos los días de mi vida siento que, como dicen en Juego de Tronos, winter is coming…

Como otras semanas, os dejo con uno de mis últimos poemas.  Espero que os guste, queridos míos.  Que tengáis una semana llena de  Luz y Entendimiento. 

Gracias por estar ahí.

EL AMOR ETERNO
por Francisco José Francisco Carrera

He vivido con otros nombres,
amado cuerpos con otros cuerpos,
sentido mil emociones distintas
con este mismo corazón que sueña,
pero siempre que me preguntas
si te quiero, vida mía, no puedo
dejar de decirte que sí, cariño mío,
que te quiero desde siempre
y que siempre te voy a querer.

sábado, 22 de octubre de 2011

MI PUF DE MEDITACIÓN


Mi nuevo puf de meditación
Ayer Raquel me regaló un puf (me gusta más la grafía francesa “pouf”) de meditación. Como sabe que mis pausas meditativas son muy importantes, siempre ha estado dispuesta a encontrar lindos soportes para mis posaderas, tan sufridas ellas.  Con esto en mente (o en culo), me ha apetecido hablar un poco de mi rollito meditativo.

Decía Ernesto Sábato en La Resistencia que “ya nada anda a paso de hombre, ¿acaso quién de nosotros camina lentamente?  Pero el vértigo no está sólo afuera, lo hemos asimilado a la mente que no para de emitir imágenes, como si ella también hiciese zapping; y quizás la aceleración haya llegado al corazón que ya late en clave de urgencia para que todo pase rápido y no permanezca.  Este común destino es la gran oportunidad, pero ¿quién se atreve a saltar afuera? Tampoco sabemos ya rezar porque hemos perdido el silencio y también el grito.”

La verdad es que lo que más me gusta de meditar es lo despacio que va todo, incluso cuando todo va a una velocidad de vértigo hay un algo que ralentiza la rapidez y le da una nueva tonalidad, un nuevo sabor.  Hace años que me siento un par de ratitos al día para no hacer nada, nada más que estar sentado, quiero decir.  Con el tiempo, he ido viendo que esos ratos han sido de lo más útiles y de los mejor aprovechados.  Detener el mundo, detener el tiempo y la mente, posar el pandero a ras de suelo y dejar que todo sea, simplemente, que todo venga y se vaya, se quede o te explote justo en la piñata.  

Cuando alguien me pregunta que para qué medito, siempre digo que para nada, que simplemente medito, o algo.  Ha habido temporadas en las que no lo he hecho, como tantas cosas en la vida, pero sí que es cierto que de un tiempo a esta parte es algo natural, tan natural como comer, dormir o hacer pipí y que por tanto no requiere de ningún esfuerzo.  Y mola.  Ya está. 

También es usual que la gente pregunte si deberían meditar…, ante lo que contesto, y yo qué sé, yo medito, tú haz lo que te salga del berbiquí, eso es lo que mola, que cada uno tome sus decisiones y descubra qué cosas le hacen bien y qué otras le sientan como un bocata de callos con tortilla de panceta confitada 5 minutos antes de irse a la cama.

Ah…, la meditación, a mí me mola, poco más tengo que decir, también me encantan las videoconsolas, la música Heavy, los calcetines simpáticos, los perros que parecen gatos y los gatos que parecen perros, el té Earl Grey, las verduras de todos los colores y las pelis inglesas y americanas antiguas, entre otras muchas cosas.   Y a su manera he ido observando que todas estas cosas son una “forma de meditación” (y lo bien que suena esta frase en inglés, oye, “a sort of meditation”).  Escribir este blog también lo es...

Y quiero acabar citando unos versos de mi querida hermana, maravillosa poetisa ocasional, que viene muy al cuento.  Pues bien, dice MariPaz (como la solía llamar de niño, ahora suelo referirme a ella como Paz, simplemente):

Crecí...
Crecimos todos.
Y, de repente,
ya era tiempo de prosa.
De prosa y de prisa
(no sé si hacer la broma:
me siento presa).

Es  flipante.  Me encanta.  Es tan diáfano (la poesía de Paz suele serlo, por eso me gusta tanto, entronca en  este sentido con la filosofía de mi bienquerido Luis Alberto de Cuenca sobre la "línea clara") que huelgan interpretaciones o glosas de ningún tipo.

Nada más por hoy, cositas lindas, lectores preciosos, amigos de alma, que me marcho a otros menesteres después de esta meditación con vosotros, después de sentiros muy pero que muy cerquita del corazón.  

Besazos enormes para todos.

domingo, 16 de octubre de 2011

TODOS USTEDES PARECEN FELICES...




Hace ya más de dos años de la última clase de literatura que impartí, bien es cierto que he continuado enseñando historia del Reino Unido y de USA así como inglés para varios niveles, pero literatura, lo que se dice literatura, no he vuelta a enseñar.  Y lo cierto es que tampoco lo echo de menos aunque lo eche de menos mogollón.  A ver si me explico, lo que me gusta de enseñar (que es lo mismo que me gusta de aprender) es la variedad, tanto en los contenidos como en la metodología, por eso siempre me ha  apasionado cambiar de asignaturas.  Con todo, la asignatura que más años seguidos he dado es la de Literatura del Inglés en la Escuela Universitaria de Educación de Soria, y claro, siendo lo literario uno de mis amores más profundos, la experiencia ha sido fantástica en todo grado.  De vez en cuando echo de menos aquellas clases en las que con mis alumnos analizábamos poemas y relatos cortos (rara vez nos ocupábamos de novelas u obras de teatro, siempre primé la “intensión” sobre la  “extensión” al enseñar), pero en general me alegro de no hacerlo ahora, no descarto volverlo a hacer y sin duda me gustará ocuparme de estos temas en escritos, charlas o lo que venga.  Está bien así.  Sin embargo, a veces me encuentro en mi camino con obras que me hacen volver a sentirme, primero, alumno para, después, regresar a ser el profesor de literatura de antaño.

Ando este precioso otoño leyendo la poesía completa de Ángel González y ando enamorándome de nuevo del mundo, de los olores que anuncian el frío, de las hojas de los árboles que nos recuerdan para qué hemos venido a la vida, de los niños que corren de vuelta al cole, de los rayos de luz que se filtran por la ventana de mi estudio cuando escribo por las mañanas, del jubilado que a paso cansino se dirige, periódico en brazo, al banco de turno a ver pasar el mundo de nuevo…, de todo eso que hace de la vida una experiencia sin igual.  Y así, van cayendo las joyas de luz de Ángel González que este nos presenta en Palabra sobre palabra (animaos, que  por sólo 10 eurillos os hacéis con una bibliografía esencial, está publicado en Austral y ya en edición de bolsillo).

Y así, justo entre sesión de meditación y preparación de mi clase de historia de la Uned, el pasado jueves me encontraba con esta maravilla que quiero compartir y comentar, a modo del profesor de poesía que era.  Escuchad esta genialidad:

TODOS USTEDES PARECEN FELICES…
por Ángel González

…y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen, incluso,
palabras
de amor.  Pero
se aman
de dos en dos
para odiar de mil
en mil.  Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen – nada
más que parecen – felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo: esta
desesperante, estéril, larga,
ciega desolación por cualquier cosa
que – hacia donde no sé -, lenta, me arrastra.

Me pillaron desprevenido, los primeros versos me pillaron en pelotica picada y con cuerpo juguetón y todo el peso del mundo me destrozó hueso tras hueso, y mi espalda, vencida por tal carga, se hundió con un lamento miserable.  Craca.  Nada más.  Pero qué podemos hacer ante tal declaración desde el corazón mismo del hombre… “todos ustedes parecen felices y sonríen, a veces, cuando hablan”.  Craca, otra vez, craca.  Putupún.  Ahí es nada.  En tal prosaica declaración el poeta lanza el guante, nos mira a los ojos y nos reta a base de prosa versificada.  Y yo, que para esto soy muy pendenciero, acepto el envite y le digo: “y qué más tienes que decir, piltrafillla”.  El poeta está dispuesto a darme una lección, así que no se calla y ahí se empieza a montar parda: “…se aman de dos en dos para odiar de mil en mil.”  Aquí yo empiezo a llorar, de rabia, agonía y desesperación.  Y miro a mi mujer (es un decir, ella estaba trabajando en el cole) y siento la verdad de lo dicho, el hombre decide emparejarse pero sigue mostrando un odio inveterado a lo de más “afuera” (eso cuando no odia también a su pareja).  Es un “dos en dos” simbólico, claro, hacemos lo mismo con la familia o los grupos de todo tipo (amigos de farra, asociaciones culturales, clubes de mus, etc.)  Formamos falsas uniones de amor y amistad para odiar a otros grupos de forma compartida, aceptada y, por tanto, nos apoyamos en el rechazo pero disfrazándolo de amor. 

Y esto nos pasa a menudo con las nacionalidades…, y claro, para mí, que nunca he sabido si soy inglés, escocés, español, francés o incluso letón, que a veces no sé qué lengua usar o con cuál me siento más a gusto, para mí, digo, lo de ser español es un mero accidente que me aporta un número de códigos que amo, pero en modo alguno me aleja de lo de afuera porque no estoy por la identificación con los modos y las formas.  Pero la historia de la humanidad ha sido una  historia de guerras por ese “amar de dos en dos para odiar de mil en mil”.  El poeta aquí se ha transformado en visionario y no va a callarse lo que ve, aunque te duela, aunque le duela a él mismo, pues es humano, más de lo que puede soportar.

Y el viaje sigue, y la oscuridad se presagia terrible.  Pero detrás de la oscuridad está la luz.  Allá vamos, melena al viento (el que la tenga, claro, que yo soy calvo).  Ahora me pregunto “si guardo toneladas de asco por cada milímetro de dicha” y con cierto rubor no sé muy bien qué contestar, o sí sé, pero me da cosa.  Es lo que hay, desde pequeños se nos ha programado para que estemos mirando todo “con lupa” y esto lo que consigue es que no estemos “contentos con nada”, incluso si lo tenemos todo.  De ahí, creo, esa idea de maximizar el “asco” y minimizar “la dicha”.  Así habló el Poeta.

Es un poema muy claro, ahí radica su principal cualidad, empieza claro, sigue claro y acaba claro.  Claro.  Me fascina la siguiente idea, la idea de que “hablamos” realmente cuando no tenemos nada que decir, que cuando tenemos cosas importantes que transmitir, solemos usar otros medios y no la palabra.  El acto de hablar se convierte así en una pantalla (o una  máscara) tras la cual nos protegemos para que no nos duela tanto la miseria.  Pero todo es una prestidigitación vana.  Sólo aceptando la miseria  podemos transcenderla y convertirla en, como diría Vicente Gallego, la Plata de los Días. 

Pero sin duda estoy llegando demasiado lejos y lo mejor sería ya alejarme, dejaros a solas con el poema, nada más, dejaros a sólo con esta maravilla que a veces duele pero siempre cura.  Aunque, como no me gusta acabar con tono agridulce, quiero cerrar la entrada con otro poema precioso y luminoso, también de Ángel González (pero vete ya para alguna librería y cómprate el libro de sus poemas), otro también de mis favoritos:

LA LLUVIA

No; la lluvia no te moja:
te resbala.
Tienes la piel de aceite, amada mía.
Ungida con aceite, perfumada.

Todo lo ha traspasado la ternura
la lengua transparente de las aguas.
Un vapor dulce, como el aliento
de un buey, cálidamente exhalan
los árboles.
Gotas largas,
como alfileres líquidos,
brillan al primer sol de la mañana.

La lluvia que ha mojado tus cabellos
no ha mojado tu cuerpo ni mi cara.

Gracias a todos por estar ahí, el mejor y más inclusivo de mis abrazos va para vosotros y en cualquier momento del día os pillará desprevenidosJ.