¿Qué es lo que has venido a hacer aquí?

¿Qué es lo que has venido a hacer aquí?
He venido
a besar tus labios con mis ojos,
a dejar en tu cuerpo mis caricias,
a rezar a un dios estupendo y lleno de vida,
a respirar el aliento mismo de la creación,
pero sobre todo,
por siempre y para siempre,
a amarte, hermano mío,
amarte y no dejarte de amar,
nunca más dejarte de amar.
(Francisco J. Francisco Carrera, "Luna de Agosto")

sábado, 22 de octubre de 2011

MI PUF DE MEDITACIÓN


Mi nuevo puf de meditación
Ayer Raquel me regaló un puf (me gusta más la grafía francesa “pouf”) de meditación. Como sabe que mis pausas meditativas son muy importantes, siempre ha estado dispuesta a encontrar lindos soportes para mis posaderas, tan sufridas ellas.  Con esto en mente (o en culo), me ha apetecido hablar un poco de mi rollito meditativo.

Decía Ernesto Sábato en La Resistencia que “ya nada anda a paso de hombre, ¿acaso quién de nosotros camina lentamente?  Pero el vértigo no está sólo afuera, lo hemos asimilado a la mente que no para de emitir imágenes, como si ella también hiciese zapping; y quizás la aceleración haya llegado al corazón que ya late en clave de urgencia para que todo pase rápido y no permanezca.  Este común destino es la gran oportunidad, pero ¿quién se atreve a saltar afuera? Tampoco sabemos ya rezar porque hemos perdido el silencio y también el grito.”

La verdad es que lo que más me gusta de meditar es lo despacio que va todo, incluso cuando todo va a una velocidad de vértigo hay un algo que ralentiza la rapidez y le da una nueva tonalidad, un nuevo sabor.  Hace años que me siento un par de ratitos al día para no hacer nada, nada más que estar sentado, quiero decir.  Con el tiempo, he ido viendo que esos ratos han sido de lo más útiles y de los mejor aprovechados.  Detener el mundo, detener el tiempo y la mente, posar el pandero a ras de suelo y dejar que todo sea, simplemente, que todo venga y se vaya, se quede o te explote justo en la piñata.  

Cuando alguien me pregunta que para qué medito, siempre digo que para nada, que simplemente medito, o algo.  Ha habido temporadas en las que no lo he hecho, como tantas cosas en la vida, pero sí que es cierto que de un tiempo a esta parte es algo natural, tan natural como comer, dormir o hacer pipí y que por tanto no requiere de ningún esfuerzo.  Y mola.  Ya está. 

También es usual que la gente pregunte si deberían meditar…, ante lo que contesto, y yo qué sé, yo medito, tú haz lo que te salga del berbiquí, eso es lo que mola, que cada uno tome sus decisiones y descubra qué cosas le hacen bien y qué otras le sientan como un bocata de callos con tortilla de panceta confitada 5 minutos antes de irse a la cama.

Ah…, la meditación, a mí me mola, poco más tengo que decir, también me encantan las videoconsolas, la música Heavy, los calcetines simpáticos, los perros que parecen gatos y los gatos que parecen perros, el té Earl Grey, las verduras de todos los colores y las pelis inglesas y americanas antiguas, entre otras muchas cosas.   Y a su manera he ido observando que todas estas cosas son una “forma de meditación” (y lo bien que suena esta frase en inglés, oye, “a sort of meditation”).  Escribir este blog también lo es...

Y quiero acabar citando unos versos de mi querida hermana, maravillosa poetisa ocasional, que viene muy al cuento.  Pues bien, dice MariPaz (como la solía llamar de niño, ahora suelo referirme a ella como Paz, simplemente):

Crecí...
Crecimos todos.
Y, de repente,
ya era tiempo de prosa.
De prosa y de prisa
(no sé si hacer la broma:
me siento presa).

Es  flipante.  Me encanta.  Es tan diáfano (la poesía de Paz suele serlo, por eso me gusta tanto, entronca en  este sentido con la filosofía de mi bienquerido Luis Alberto de Cuenca sobre la "línea clara") que huelgan interpretaciones o glosas de ningún tipo.

Nada más por hoy, cositas lindas, lectores preciosos, amigos de alma, que me marcho a otros menesteres después de esta meditación con vosotros, después de sentiros muy pero que muy cerquita del corazón.  

Besazos enormes para todos.

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