Ayer, a eso de las once y media,
a plena luz del sol,
en medio de la mañana,
vi una oscuridad tremenda
y oí un silencio total.
La oscuridad era profunda
como profundo es el mar.
La oscuridad era profunda
como profundo es el amor.
Profunda, como profundo es amar.
Y así,
sin previo aviso,
dejé mi cuerpo,
mis formas…
mi calva fue entonces
pradero
y mi boca
sabía a calamar.
Era como algo mu grande,
mu bonito,
mu espectacular,
qué se yo,
era como algo distinto
aunque fuese como igual.
Era de noche en mis ojos
del alma
¡pero era casi mediodía!
Pensé que estaba loco,
aturdido, con resaca,
hecho una verdadera
carraca,
y me asusté un poco,
pa qué mentir,
me asusté un poco
y no supe qué decir.
Miré a mi mujer
pero no abrí la boca,
miré a mi perro
que yacía indolente
recostado en su camita,
miré a mis adentros
y entonces vi algo bien raro,
dentro de dentro de mí
había una linterna divina
que se alimentaba
de mis mismos intestinos.
Osplís tú, me dije,
que ya he ido a encontrar
algo con lo que iluminar.
Y la oscuridad, de repente,
me abrazó,
besó mis labios con su cuerpo,
rozó mi pecho con sus dedos,
se unió a mi mismo cerebro
y devoró todas mis ideas inútiles,
ahora era uno con ella,
y era luminosa en su penumbra.
La linterna se encendió sola,
yo no tuve que hacer nada,
tan sólo ver que a través de mis ojos
el amor ofrecía su mirada,
tan sólo sentir que mi corazón,
sin si quiera yo saberlo, palpitaba,
y la noche que me sorprendió a mediodía
fue entonces mi amante y mi amiga,
ella me había llevado a mis adentros,
a ver esa diminuta linternita
que es capaz de iluminar pueblos enteros
cuando se conecta con el alma del universo.
Y vi una oscuridad que era luz y era esperanza,
que era las lágrimas y el dolor más profundo,
que era el amor,
que era el cariño,
la tristeza ocre y gris,
la alegría, el ser feliz,
que daba la vida
y también la muerte,
que nos hacía humanos,
seres vivientes llenos de calor
amantes de todo lo que ha de morir
pues antes hubo de estar vivo.
Y no sé a cuento de qué vengo hoy domingo
y te pongo al corriente de esta neura tan “weird”,
a saber,
soy calvo,
lo sabes,
he sido profesor de inglés,
me gusta el heavy,
me gusta besar a mi mujer
y ser besado por ella,
abrazar a mi perro Kibo
y ser lamido por él,
me gusta el té,
para nada el vino,
me flipa el Zen, el Tao,
el cristianismo gnóstico,
la figura de la Magdalena
(las magdalenas no tanto),
me gusta meditar,
comer jamón,
la pasta y la pizza,
pasear,
hacer deporte,
hablar inglés,
no pensar en nada,
y todo esto,
todo esto que parece ser yo,
no es lo que yo soy,
claro,
es tan sólo una máscara,
acaso lo que soy,
lo que en verdad somos,
es esa oscuridad profunda
que nos abraza de cuando en cuanto
para que la bombillita de dentro
se nos ilumine
y nos haga hacer el amor
con la misma noche
justo a la mitad del día.
Quizá seamos eso,
nada más,
una danza de cuerpos y espíritus
que se aman
locamente
sin nada más que esperar,
amantes silenciosos de la escarcha,
seres de la luz y la tiniebla.
Qué se yo…,
qué voy a saber yo
sabiendo como sé
que soy la Nada,
sabiendo como sé
que nada queda,
nada más que el amor,
el silencio, y la abundancia.
¿Qué es lo que has venido a hacer aquí?
¿Qué es lo que has venido a hacer aquí?
He venido
a besar tus labios con mis ojos,
a dejar en tu cuerpo mis caricias,
a rezar a un dios estupendo y lleno de vida,
a respirar el aliento mismo de la creación,
pero sobre todo,
por siempre y para siempre,
a amarte, hermano mío,
amarte y no dejarte de amar,
nunca más dejarte de amar.
(Francisco J. Francisco Carrera, "Luna de Agosto")
He venido
a besar tus labios con mis ojos,
a dejar en tu cuerpo mis caricias,
a rezar a un dios estupendo y lleno de vida,
a respirar el aliento mismo de la creación,
pero sobre todo,
por siempre y para siempre,
a amarte, hermano mío,
amarte y no dejarte de amar,
nunca más dejarte de amar.
(Francisco J. Francisco Carrera, "Luna de Agosto")
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